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Medicina estética, del tabú a la satisfacción

Confesarte usuaria de medicina estética ha pasado de ser un secreto al mejor de los consejos entre nosotras.

Como cantaba el grupo Presuntos Implicados, “aah, cómo hemos cambiado”, eso es lo que hemos hecho pero, en este sentido, para bien. Porque no solo el mundo de la medicina estética ha cambiado; es que con él ha evolucionado a la par la manera que tenemos de relacionarnos nosotras mismas con las mejoras que le pedimos a nuestro doctor. Y es que los grandes liftings y los tratamientos invasivos hace tiempo que dejaron paso a procedimientos mucho más amables además de seguros. La demanda de naturalidad, y una creciente fobia a la pregunta “¿qué te has hecho?”, ha elevado los “tratamientos-mini” a la categoría de arte.
Hace años, a las mujeres que decidíamos ponernos en manos de una médico estético, no decíamos ni pío sobre nuestras visitas secretas. ¿La razón? Que cuando nos echaban piropos sobre nuestro aspecto teníamos miedo de que pensaran que “solo” estábamos bien gracias a la intervención de la medicina. Esta discreción ha sido un arma de doble filo para los mejores profesionales de la medicina estética, porque justo sus mejores trabajos son aquellos que no se notan. Y esto, añadido al pacto de silencio, les convirtió en leales confesores de sus mejores pacientes. Esta fue la cara, pero también la cruz, para ellos, por desarrollar un trabajo impecable.

Que todo siga igual


Decía Graham Greene que en el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad. Tal vez por eso las mujeres (aunque ellos también) vamos descubriendo perplejas los cambios que los años van provocando en nuestro organismo mientras tratamos de seguir siendo las mismas. Por eso, a la medicina ‘antiaging’, que comenzó como una disciplina percibida por el común de los mortales casi como ciencia ficción, se ha sumado la medicina estética con un éxito sin precedentes, sobre todo tras el confinamiento, en el que nos familiarizamos más que nunca con nuestra propia piel (en el sentido físico y figurado), ya no frente al espejo, sino a través de las miles de videollamadas que se sucedieron en aquellas semanas.

Bienvenida, transparencia


Y llegó el descaro, la logomanía… y las Kardashian. Las mujeres se hartaron de esconderse. Es más, empezaron a sentirse orgullosas de elegir bien. De tener buen gusto también para seleccionar al mejor de los médicos estéticos. Estar en las primeras filas de las listas de espera de los mejores empezó a ser una cuestión de prestigio, y escoger un resultado natural, también, hasta el punto de que “yo también me pincho” se convirtió en un eslogan con una nítida declaración de intenciones. Las mujeres bien tratadas demuestran que se puede envejecer y seguir siendo atractivas. Transmiten salud y frescura, sin grandes volúmenes ni rasgos exagerados. No importa que tengan alguna arruga. Es normal. Lo importante es que el rostro refleje bienestar.
Por eso, saber empezar a cuidarse en el momento justo (la edad a la que se accede a los tratamientos de medicina estética ha descendido a pasos de gigante en los últimos años), prevenir y ejercer el poder contra el paso del tiempo ya no es cuestión de pudor sino de sabiduría.

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